El público suele pensar que los mayores misterios que oculta el cielo se refieren a los fenómenos más extraños, como los agujeros negros o los situados a distancias, nunca mejor dicho, siderales. Comparados con ellos, los astros más cercanos y que nos acompañan a diario apenas despiertan nuestro interés, los damos como algo dado allá arriba, tan vistos que ni siquiera merecen más que algún vistazo de vez en cuando.
Quizá por eso, un eclipse solar total como los que vamos a vivir el 12 de agosto y el año que viene es tan especial, porque nos hace mirar con ojos nuevos a nuestros dos compañeros más reconocibles, el Sol y la Luna. Y aunque ya conozcamos a la perfección el mecanismo que lleva a que, durante unos minutos, la segunda borre al primero del cielo, ese hecho que se sale de lo rutinario, de lo seguro, sigue tocando algo muy íntimo en nosotros. Tal vez porque nos hace darnos cuenta de lo excepcional que es vivir en un mundo habitado en el que ese fenómeno pueda darse con una regularidad espaciada, pero también previsible.
Y es que, en realidad, nuestros vecinos siguen guardando muchos secretos. Especialmente el Sol. Y es en los eclipses cuando tenemos la oportunidad de asomarnos a una parte del mismo que alberga uno de los más fascinantes: la corona.
La capa más externa del Sol
La corona es la parte más externa de la atmósfera del Sol, compuesta también por (en sentido descendente) la cromosfera y la fotosfera. Es, además, la que se extiende más lejos pues, mientras la fotosfera tiene un grosor de unos cientos de kilómetros y la cromosfera, de unos pocos miles, la corona se extiende millones de kilómetros. Sin embargo, su densidad es muy pequeña, hasta millones de veces inferior a la de la atmósfera terrestre, lo que hace que sea prácticamente invisible para nosotros, pues el brillo de las otras capas nos impide apreciarla…
…salvo durante los eclipses solares totales. En estos casos, al quedar el disco del Sol tapado por el de la Luna, puede apreciarse como una capa luminosa con aristas, que son los que le valieron el nombre, por su parecido con las diademas que tradicionalmente portan los reyes. Por cierto, es muy probable que el primer uso de esa palabra haya que atribuírselo al astrónomo y navegante español José Joaquín Ferrer Cafranga, quien la utilizó en la descripción de sus observaciones durante el eclipse que observó en 1806 cerca de Nueva York, además de ser quien determinó que se trataba de una parte de la estrella, no del satélite.
La corona está formada por plasma, y su forma tan reconocible se debe al efecto que produce en él el campo magnético del sol, que además va evolucionando a lo largo de los ciclos de once años que regulan las distintas fases de estabilidad e inestabilidad que rigen a nuestra estrella y que tanto pueden afectarnos. En los bordes externos de la corona es por donde acaba escapando la parte de plasma que conforma el viento solar.
El gran misterio de la corona
Hay algo que define a la corona, y que permanece por ahora inexplicado, sin que haya una respuesta definitiva que vaya más allá de la hipótesis. Mientras en el interior del Sol se alcanzan temperaturas de varios millones de grados kelvin, la temperatura va descendiendo en las capas superiores, hasta alcanzar «solo» unos cinco mil grados kelvin en la fotosfera. Esta prácticamente se duplica en la capa siguiente, la cromosfera para, a continuación, volver a ascender de nuevo a millones de grados kelvin en la corona, algo contraintuitivo y que sigue siendo el principal desafío al que se enfrentan los físicos solares, que poco a poco van dando pasos para acercarse a una posible respuesta.
Es por eso por lo que, a pesar de que la invención del coronógrafo, un dispositivo que provoca eclipses artificiales que permiten estudiarla a voluntad, y el recurso a satélites como SOHO o la reciente misión Proba-3, la observación y toma de datos de la corona durante los eclipses solares totales sigue siendo una oportunidad única. El proyecto NATE, liderado por el IAC con el apoyo del Gobierno de Canarias, que se desarrollará a lo largo de la franja de totalidad del eclipse de 2027 en Marruecos, y que será testado durante el eclipse del próximo 12 de agosto en Palencia, busca extender durante el mayor tiempo posible la toma de imágenes y datos de la corona, para así entender más de su evolución. Una nueva fase en la carrera que anima a todo científico: encontrar la respuesta a un misterio que se nos escapa. Y que se esconde a plena luz del día.